martes, 9 de abril de 2019

Salvador Allende Gossens


Hijo del masón Salvador Allende Castro y nieto del Serenísimo Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, Ramón Allende Padín. Salvador Allende Gossens, a pesar de su juventud rebelde, no podía seguir otro camino que aquel trazado con compás y escuadra por sus progenitores masculinos.

Salvador Allende Gossens (1908-1973)
Allende nació y se formó de acuerdo a los parámetros de la masonería, llevándola consigo como parte de su sangre. Salvador Allende es –probablemente– el más universal de los masones chilenos.

        Nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. En 1926 ingresa a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde descubrió una vocación que fue más allá de la medicina: la política, una vocación que lo llevó a la Presidencia de la República y a dar su vida por los valores que guiaron su trayectoria. “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo” fue su última frase, pronunciada en medio del bombardeo al palacio de La Moneda, aquel fatídico 11 de septiembre de 1973.
Aun cuando su vida juvenil estuvo rodeada de masones, tanto en el ambiente familiar, como en el universitario y político, es probable que la mayor inspiración la haya tenido de parte de su abuelo Ramón Allende Padín, a quien no llegó a conocer, pues murió varios años antes de que él naciera. Pero la memoria que de él se tenía en la familia y en la sociedad porteña como un hombre entregado a las causas humanitarias, extremadamente solidario y sensible ante el dolor ajeno, apasionado por sus ideales políticos –muy revolucionarios para la época–, que le valieron ser apodado por sus contemporáneos como el “Rojo Allende”, debió ser motivo de profundo orgullo y un modelo para el joven Salvador.
Salvador Allende fue iniciado en la Orden Masónica en la logia Progreso Nº 4 de Valparaíso, el día 16 de noviembre de 1935, en una ceremonia –efectuada en este mismo templo– que lo conmovió profundamente y tras la cual expresó: “Cuando la venda cayó de mis ojos y pude observar las espadas dirigidas a quien veía por primera vez la luz masónica y oía las palabras del Venerable Maestro, pude entender que ésa era una expresión de profunda y honda solidaridad, para hacerle presente al iniciado que sus hermanos estarían prestos para acudir en su ayuda si el caso así lo requiriera”.
Desde el día de su iniciación, se entregó al trabajo masónico con pasión y lealtad, asistiendo a las reuniones regularmente y visitando a lo largo de su vida numerosas logias, tanto dentro como fuera del país, quedan huellas y testimonios de tales visitas. Allende creía profundamente en los valores y en la doctrina masónica, con principios tales como la libertad, igualdad y fraternidad, e intentó traspasar estos ideales a la sociedad a través de su vida política.
Cinco años después de haberse iniciado en la logia Progreso, y cuando su vida ya se enfilaba por el camino de la política en el Partido Socialista, debió trasladarse a Santiago, solicitando su afiliación a la logia Hiram Nº 65, el 8 de noviembre de 1940. Logia en la cual alcanzó el grado de Maestro y a la que perteneció hasta el día de su trágica muerte.
  El profundo compromiso que Salvador Allende tuvo con la masonería, como sustrato de los valores y las convicciones que orientaron su quehacer político a lo largo de su vida, puede apreciarse nítidamente en las palabras de un sólido discurso que él pronunció el día 28 de agosto de 1971, en una visita oficial a la Gran Logia Colombiana en Bogotá, cuando era Presidente de la República.

Discurso masónico de Salvador Allende, pronunciado en la Gran Logia de Colombia 

Pienso, mirando hacia el comienzo de mi vida, y aún joven, que no recibí con facilidad el derecho de ser miembro de la Gran Logia de Chile, porque había sido un estudiante rebelde.

       Y si golpeé las puertas de la logia Progreso Nº 4 de Valparaíso, lo hice con la profunda convicción y teniendo el acervo de los principios masónicos inculcados en mi hogar y con mi abuelo, el querido hermano Ramón Allende Padín, quien fue Serenísimo Gran Maestro de la Gran Logia de Chile y fundador de la logia cuyas puertas se abrieron para mí en Valparaíso, siendo la segunda en el país.
Tengo plena conciencia de que la orden no es ni una secta, ni es un partido. Que al desbastar el hombre la piedra bruta, se preparará para actuar en el mundo profano y es obligación de los masones actuar en él sobre las bases de los principios permanentes de la masonería. 
Chile, si bien es cierto que es un país que políticamente ha alcanzado –como lo dijera hace un instante– niveles más altos en el desarrollo político que otros países de este continente; si bien es cierto que Chile es un país donde la democracia burguesa ha permitido el desarrollo de todas las ideas; si bien es cierto –repito– que esto es así, ello se ha alcanzado por la lucha de los sectores populares, a fin de que se respete el derecho del hombre y las conquistas alcanzadas por el pueblo y que han sido logradas en heroicas batallas por la dignidad y por el pan.

Escudo de Chile
Si bien es cierto que Chile ha logrado en lo político ser un país independiente, desde el punto de vista económico no lo es; y nosotros pensamos que es fundamental alcanzar esa independencia económica para que sea nuestro país auténticamente libre en lo político. Y pensamos que es fundamental que ello se logre, como pueblo, nación o país; así como es fundamental que el hombre de mi tierra pierda el temor a la vida, rompa con la sumisión, tenga derecho al trabajo, a la educación, a la vivienda, a la salud y a la recreación. Pensamos que el hombre de Chile tiene que vivir el contenido de palabras tan significativas y que constituyen la tríada de los fundamentos masónicos: libertad, igualdad y fraternidad. Hemos sostenido que no puede haber igualdad cuando unos pocos lo tienen todo y tantos no tienen nada. Pensamos que no puede haber fraternidad cuando la explotación del hombre por el hombre es la característica de un régimen o de un sistema. Porque la libertad abstracta debe dar paso a la libertad concreta. Por eso hemos luchado.

Sabemos que es dura la tarea y tenemos conciencia de que cada país tiene su propia realidad, su propia modalidad, su propia historia, su propia idiosincrasia. Y respetamos, por cierto, las características que dan perfil propio a cada nación del mundo y con mayor razón a las de este continente. Pero sabemos también, y a la plenitud de conciencia, que estas naciones emergieron rompiendo el correaje por el esfuerzo solitario de hombres que nacieron en distintas tierras, que tenían banderas diferentes, pero que se unieron bajo la misma bandera ideal, para hacer posible una América independiente y unida.
La historia nos enseña que unas pocas logias, como las lautarinas, fueron la semilla y la simiente de las luchas emancipadoras, y aquí, en la Gran Logia de Colombia, puedo recordar con profunda satisfacción que Bolívar escribió a O’Higgins directamente desde Sucre, y que su palabra encontró eco en el padre de la patria nuestra, que “entregara la lección de tenacidad” cuando supo de las derrotas, pero supo también de la entereza para resarcirse de ellas; y en tierra hermana argentina buscara junto a San Martín, la posibilidad de la batalla decisiva que liberara a Chile; y tuvo la visión en el Cono Sur de la América que tuvo Bolívar en su ansia justa, para el resto del continente.
Por eso, un día 20 de agosto, desde la rada de Valparaíso despidió con estas palabras a los barcos de la expedición libertadora del Perú: “De estas cuatro tablas depende el porvenir de América”.
      Fueron soldados de Chile y Argentina los que contribuyeron a la liberación del Perú. Por eso, con modestia en la dimensión de la realidad, y sabiendo que en el mundo contemporáneo, más que el hombre, son los pueblos los que deben ser y son los actores fundamentales de la historia, busqué la posibilidad de hacer que este pueblo, el de Chile, tomara conciencia de su propia fuerza y supiera encontrar su propio camino.
 No ha habido, por lo tanto, más que un aporte en lo personal. Han sido las masas populares chilenas, las mayorías nacionales, integradas por campesinos y obreros, por estudiantes, empleados, técnicos, profesionales, intelectuales y artistas; han sido ateos y creyentes, masones y cristianos, laicos; han sido hombres con definición política en partidos centenarios, como el radical, o sin domicilio político, los que convergieron en un programa que levantó la voluntad combatiente de las masas chilenas, para enfrentar al reformismo de la democracia cristiana y a la candidatura que representaba lo tradicional del capitalismo del señor Jorge Alessandri.

Chile, por lo tanto, vivió la etapa prolongada y no estéril de los gobiernos típicamente capitalistas. Digo no estéril, porque he sostenido que nuestro país ha sido o es uno de aquellos en que la democracia burguesa ha funcionado propiamente como tal.

     Las instituciones chilenas tienen una firmeza más que centenaria; y este año el Congreso de mi patria, del cual formé parte durante 27 años, dos años como diputado y 25 como senador, va a cumplir 160 años, casi en interrumpida labor. Yo diría de interrumpida labor. Por eso no renegamos de lo que antes se hizo, pero comprendemos que el camino de ayer no puede ser el mismo camino de mañana. Por eso en el proceso político al viejo sistema sucedió la brillante esperanza, sembrada demagógicamente, de una revolución y libertad caracterizadas por el reformismo de la democracia cristiana.

      Tampoco niego que ese gobierno, al cual sucede el gobierno del pueblo, no hiciera avances en el campo económico, social y político; pero siempre está en pie, el gran déficit que caracteriza la existencia de pueblos como los nuestros: vivienda, trabajo, salud, educación. No hay ningún país en vía de desarrollo que haya logrado solucionar cualquiera de estos rubros esenciales y menos en este continente, donde un vasto sector humano ha sido negado y desconocido; sean los descendientes de Atahualpa o los hijos de Lautaro en mi patria, el heroico Arauco, el mapuche, el indio, el mestizo; han sido y, lamentablemente, a pesar de que dieron la simiente de nuestra raza, preteridos, postergados y aún negados en muchos países.

      Por eso nuestro combate y nuestra decisión tenían que ser no un cambio político, no el traspaso del gobierno de un hombre a otro, sino la entrega de un régimen a un pueblo que quiere la transformación profunda en lo económico, en lo político y en lo social. Para abrir el camino dentro de su legítimo derecho al socialismo, Chile –he dicho, Serenísimo Gran Maestro– tiene su propia historia, como la tienen los otros pueblos con sus propias características. Y Colombia sella como Chile su vocación democrática y libertaria.

      Pero nosotros vivimos en 1938 una etapa distinta a todos los pueblos de este continente y a la mayoría de los pueblos de Europa y de otros continentes. Chile fue uno de los tres países del mundo en que hubo un “Frente Popular”. Y un masón radical, Pedro Aguirre Cerda, alcanzaba el poder por las fases políticas del entendimiento entre el partido radical, más que centenario, y los partidos: marxista, comunista, socialista y el partido democrático.

     En mi patria, y más allá de mi patria, se combatió la posibilidad de la victoria del Frente Popular. Se echaron a vuelo las campanas del terror y del pánico. Se habló de los “tontos útiles” para decir que los comunistas y los socialistas se aprovecharían de los radicales para instaurar una dictadura. Y Aguirre Cerda, radical de derecha, se engrandeció en el ejercicio del poder porque vitalizó el contacto con el pueblo y su lealtad hacia él.
Y cuando un día aciago, soldados que no respetaron el compromiso contraído con su conciencia y con la constitución política, se levantaron con el pretexto fútil de que un trapo rojo ondeaba en La Moneda de Chile, porque un pabellón partidario se había apoyado en su muralla, fue el pueblo el que rodeó los cuarteles. Fue el pueblo sin armas el que los obligó a rendirse, sin que sus heroicos soldados dispararan un solo tiro frente a una multitud dispuesta a defender a un radical masón, pero Maestro y estadista.

      Por eso, en la raíz del proceso de la evolución política chilena, hay antecedentes que no tienen otros paralelos, y por eso se hace difícil entender lo que hoy acontece en mi patria; y por eso es raro que hoy se tema la presencia de un masón o de un socialista en el gobierno de Chile. La verdad es, Serenísimo Gran Maestro, que nadie en mi patria, ni más allá de las fronteras, puede llamarse a engaño.

      Durante más de un año dimos a conocer el programa de la Unidad Popular –repito– integrada por laicos, marxistas y cristianos, por hombres de la pluma, del arado y del riel. Nadie que lo quiso, dejó de conocer por qué luchábamos y para qué luchábamos. Siempre sostuve que era difícil ganar en las elecciones, que era más difícil asumir el gobierno, que aún era más difícil construir el socialismo.

Bandera de Chile
Siempre expresé que esa era tarea que no la podía hacer un hombre o un grupo de partidos, sino un pueblo organizado, disciplinado, consciente, responsable de su gran tarea histórica, y los hechos han comprobado lo que yo sostuviera. Fuimos tan combatidos como en el año 38. Y yo, que he sido varias veces candidato, tengo la experiencia de hasta a qué métodos se recurre para impedir el avance de los pueblos.

      Una impresionante cruzada se gestó en el 69 para diseminar el pánico de la persecución religiosa, el temor de que fueran eliminadas las Fuerzas Armadas de Chile, de que fuese suprimido el Cuerpo de Carabineros; argumentos sencillos, pero capaces con su maldad encubierta, de ser asimilados para negarnos los votos que necesitábamos.

     Siempre sostuve que cada país, de acuerdo con su propia realidad, debía buscar el camino. Por lo tanto, agregué que, desde el punto de vista teórico, para mí por lo menos, el foco guerrillero, la insurgencia armada, el pueblo en armas o las elecciones, eran caminos que podrían elegir los pueblos dentro de su propia realidad. Yo no tengo ambages en decirlo. Hay países en que nadie se puede imaginar que puede haber elecciones porque no hay Congreso, ni partidos ni organizaciones sindicales. Por eso pisamos ese sendero dentro de las leyes de la democracia burguesa, comprometidos a respetarlas, pero al mismo tiempo a transformarlas, para hacer posible que el hombre de Chile tenga una existencia distinta y que Chile sea auténticamente una patria para todos los chilenos.

     Hemos planteado una revolución auténticamente chilena, hecha por chilenos, para Chile. No exportamos la revolución chilena, por razones muy sencillas: porque algo sabemos de las características de cada país. Para exportar democracia y libertad tiene que haber algunas condiciones que no tienen la inmensa mayoría de los pueblos latinoamericanos.

      Por eso es que entre hermanos, en la Gran Logia de Colombia, pueden darse cuenta ahora de la sinceridad de nuestra postura de no intervención. Es la entrega franca del planteamiento de un hermano, frente a hermanos. La batalla nuestra es muy dura y muy difícil porque, indiscutiblemente, para elevar las condiciones de vida de nuestro pueblo, necesitamos hacer las grandes transformaciones revolucionarias que hieren intereses: intereses foráneos, el capital extranjero, intereses imperialistas, intereses nacionales de los monopolios y de la alta banca.

      Estamos convencidos de que no podremos derrotar el retraso y la ignorancia, y la miseria, moral y fisiológica, si no utilizamos los excedentes que produce nuestra propia economía para sembrarlos en escuelas, caminos, haciendas trabajadas con técnica moderna, para hacer posible –repito– el rendimiento en nuestra propia patria, de lo que legítimamente nos pertenece.

      Solo puedo ilustrar, para que se entienda nuestra posición, el caso de Chile, con el cobre, por ejemplo: riqueza fundamental, pilar de nuestra economía, representa el 82 por ciento del presupuesto de divisas del país, y nos da el 24 por ciento del ingreso fiscal, Serenísimo Gran Maestro. Y esto ha estado manejado por manos que no son chilenas.

     La inversión inicial de las compañías americanas del cobre no superó hace 50 años los 13 millones de dólares; y a lo largo de estos años han salido de Chile 3.200 millones de dólares para ir a fortalecer a los grandes imperios industriales. En estas condiciones, ¿cómo podemos progresar? ¿Cómo un pueblo que tiene las más grandes reservas de cobre del mundo y la más grande mina del mundo que es Chuquicamata, no puede controlar ni los precios, ni los niveles de producción, ni los mercados, cuando la variación en un centavo en el precio de la libra de cobre representa un mayor y nuevo ingreso para Chile de 12 millones de dólares? ¿Cómo es posible, que ese que yo he llamado con razón el sueldo de Chile, sea manejado por manos que no son chilenas?

      Yo declaro que en esta actitud nuestra de rescate de nuestras riquezas fundamentales no hay, queridos hermanos, una actitud ni discriminatoria ni contraria a los pueblos. Respetamos a los Estados Unidos como nación; sabemos su historia y comprendemos perfectamente bien la frase de Lincoln cuando dijo: “Esta nación –refiriéndose a su patria– es mitad esclava y mitad libre”. Esa misma palabra, esa misma frase, puede aplicarse a nuestros pueblos aparentemente libres pero esclavos en la realidad moderna. Por eso hemos luchado y por eso somos combatidos.

     He puesto el ejemplo del cobre y podría hablar del hierro, del acero, del carbón y del salitre, y podría hablar de la tierra. En un país que puede alimentar a 20 millones de habitantes o más, se tiene que importar todos los años carne, trigo, grasa, mantequilla y aceite, por un valor superior a los 180 ó 200 millones de dólares. Si continuara el proceso de aumento vegetativo de la población a razón del 2.9 por ciento al año, y no aumentara la producción agrícola, en el año 2000 Chile tendría que importar mil millones de dólares en alimentos. Y todo el comercio exterior de Chile en este instante, Serenísimo Gran Maestro, son 1.200 millones de dólares, de los cuales el cobre representa 1.030 millones.

     En estas condiciones tampoco podría estar ausente de la mente nuestra, la necesidad de una profunda reforma agraria, que es parte del proceso de desarrollo económico de un país, y que no es solo el cambio de propiedad de la tierra sino la elevación del nivel intelectual y moral del trabajador de la tierra. Nosotros hemos hecho nuestra la frase de Túpac Amaru, el cacique del Perú, cuando dijo a sus indios: “El patrono no comerá más de tu hambre”.
Hemos querido efectivamente que el trabajador de la tierra sea el que tenga derecho también a comer lo que la tierra produce. Y yo, que soy médico, y que he sido cinco años presidente del Colegio Médico de Chile, siendo combatiente senador socialista, que sé lo que es la vida gremial, y que puedo decir con satisfacción a mis hermanos que los médicos de mi patria me respetaron y me respetan, puedo señalar con dolor chileno, lo que seguramente también pasa en otros pueblos: 600 mil niños de mi patria, Serenísimo Gran Maestro, que ha alcanzado el nivel político que he mostrado aquí, son retrasados mentales, porque no recibieron proteínas en los primeros seis meses de su existencia.

      Frente a estas realidades no cabe el conformismo. Frente a este panorama cabe la explicación en el mundo profano de los principios que a mí me enseñaron y aprendí en la orden. Por eso he combatido y por eso, no en lo personal, sino en función de vocero de un pueblo, soy presidente de mi patria, para cumplir sin vacilaciones el programa que levantara la frente al pueblo; porque tengo un compromiso ante mi conciencia, y es un compromiso de un masón frente a la conciencia de un masón, y tengo un compromiso con la historia y tengo un compromiso con mi patria.

      Esto va a significar represalias. Herir intereses es duro, y que esos intereses se defienden, lo sabemos y ya lo estamos viendo. Pero, ¿hasta dónde los pueblos de este continente van a aceptar que seamos manejados por control remoto? Durante 20 años se ha hablado del Fondo Monetario Internacional, de la convertibilidad de la moneda en oro.

 Y de la noche a la mañana, cuando le interesa al país hegemónico, se cambian las reglas del juego y se golpean nuestras débiles economías. Durante 15 ó 20 años hemos visto que a las Naciones Unidas no puede ingresar la República Popular China, país de 900 millones de habitantes. Pero cuando conviene al problema interno de un país, en vísperas de elecciones, se puede decir que se reconocerá a China y puede viajar el presidente de los Estados Unidos a conversar con Mao Tse Tung.

      Pero nosotros no podemos hacerlo antes. ¿Hasta cuándo no vamos a ver nosotros que tenemos derecho a trazar nuestro propio camino, a recorrer nuestro propio sendero, a tomar las banderas libertarias de los próceres de este continente para convertirlas en realidad, porque esa es la tarea que nos entregaron? Si eso es ser revolucionario, yo lo soy, pero si eso es ser masón, también sostengo que lo soy.
 Por eso puedo decirles también a los queridos hermanos de la Gran Logia de Colombia: en mi patria no hay un hombre encarcelado; en mi patria no hay un preso político; en mi patria se respetan todos los derechos. Y esta noche he tenido el agrado de llegar a este templo acompañado del embajador de Chile en Colombia, querido hermano Hernán Gutiérrez. Viene también con nosotros el director general de Carabineros, general José María Sepúlveda, que es también un hermano nuestro, y él sabe perfectamente bien, como lo sabe el querido hermano Gutiérrez, que es cierto lo que estoy diciendo.
     Y si hubiere todavía que buscar un testimonio, aquí está presente un hermano que vio aquí la luz masónica, porque es colombiano, que es embajador de Colombia en Chile, que no ha olvidado que es masón y que yo tuve el agrado y la suerte de estrechar su mano después de ser triunfante en las urnas, dentro de un templo masónico, donde llegó siendo diplomático como llega Gutiérrez a cumplir en las logias con su obligación masónica. Por eso sostengo que frente al clima artificial creado antes o durante la elección, seguirán hechos mucho más duros, que tenemos que confrontar. Pero si hay gobernantes o gobiernos que creen que es legítimo defender los intereses de unos pocos, por muy grandes que sean, yo sostengo el derecho a defender el interés de mi pueblo y de mi patria frente a los intereses de unos pocos.
     Si alguien piensa que, a estas alturas de la vida, la amenaza material puede doblegar a los pueblos, se equivoca. Estados Unidos tiene que aprender la lección de Vietnam. Y la lección de Vietnam es una lección para todos los países pequeños, porque es la lección del heroísmo y la dignidad.
     Y nosotros debemos entender que hay países que gastan 100 mil millones de dólares al año en una guerra, en un continente que no es el suyo, para impedir que un pueblo se dé el destino que quiera, frente a una América Latina que tiene que estar con manos tendidas e implorantes, para conseguir empréstitos pequeños, gotas de leche de la gran ubre del país más poderoso del capitalismo; en circunstancias que de este continente, en la última década, han salido muchos más millones por amortización de las utilidades e intereses, que los que ingresan como aporte de capitales. América Latina, continente pobre, es exportador de capitales, frente a la realidad del país más poderoso del mundo, del capitalismo internacional.

     Es por eso que esta es nuestra lucha, y es por eso que uso este lenguaje que es un lenguaje de claridad, como es la obligación de hacerlo frente a mis hermanos. Es una lucha frontal que no solo será en Chile; que está dándose en todas partes del mundo, porque vivimos el minuto trascendente en que los viejos sistemas crujen, y es obligación nuestra mirar con ojos abiertos lo que va a ocurrir mañana, para analizar si somos capaces de encontrar los cauces que permitan a las grandes masas continuar un camino que no sea el de la violencia innecesaria y del costo del capital elevado.

     Yo lo he dicho en mi país, y lo repito aquí en el seno de los hermanos de Colombia: yo no soy una represa, pero sí soy el cauce para que el pueblo pueda caminar con la seguridad de que sus derechos serán respetados. No pueden detenerse las avalanchas de la historia.

   No pueden las leyes represivas calmar el hambre de los pueblos. Transitoriamente podrán aplazarse algunos años; y quizá hasta una generación, pero tarde o temprano se rompen los diques y la marea humana inunda, pero esta vez con violencia –y a mi juicio justa– porque también su hambre y sufrimiento son más que milenarios en algunas partes y centenarios, por lo menos, en nuestro continente.

     Si viejas instituciones como la Iglesia ven transformarse el contenido de su propia existencia; si los obispos reunidos en Medellín hablan un lenguaje que pudiera haber sido revolucionario hace 5 ó 10 años atrás, es porque comprenden que el verbo de Cristo tienen que recuperarlo para que la Iglesia se salve como institución, porque si la ven siempre comprometida con los intereses de unos pocos, nadie va a creer mañana en la verdad de la enseñanza del que la dio: el maestro de Galilea, considerado, por mí por lo menos, como hombre.
 Es por eso que yo pienso y sueño. Sueño en la noche de la iniciación, cuando recordaba estas palabras: que los hombres sin ideas arraigadas y sin principios son como las embarcaciones; que perdido el timón, encallan en los arrecifes.
    Yo quiero que los hermanos de Colombia sepan que no voy a perder el timón de mis principios masónicos. Es más difícil hacer una revolución en que no haya costo social y es duro estrellarse contra poderosos intereses internacionales y poderosos intereses nacionales.
   Pero lo único que quiero es llegar mañana, cumplido mi mandato, y entrar por la puerta de mi templo, como he entrado ahora siendo Presidente de Chile.

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Fuente: GADU.org